Hay bebés dormilones, inquietos, tranquilos, llorones, de risa fácil, más serios, más activos... Las mamás que tienen varios hijos suelen definir a cada uno por los rasgos que los distinguen: Juan es mimoso, María habla todo el tiempo, Tomás se trepa a cuanto está a su alcance, a Sofía le encanta la música.
Soñaba con tener una beba para ponerle hebillas, ¡después de tantos varones! Pero ya tiene más de un año y el pelo apenas le creció. Matías caminó a los diez meses y ahora que ya cumplió un año, todavía no tiene un solo diente.
Unos gatean a los siete meses, otros caminan sin haber gateado, están los "curiosos" que no dejan rincón sin revisar, algunos (no tantos) se entretienen solos bastante rato... Cada uno tiene sus especialidades y sus "manías".
Las mamás acostumbramos comparar a nuestros bebés con otros: en la plaza, en las reuniones familiares, en la sala de espera del pediatra, con los libros y revistas que dicen lo "esperable" para cada edad.
Nos gusta hablar de lo "despierto" que es. Las abuelas también participan, aportando datos de nuestra infancia y la del papá, contando anécdotas y hablando de sus otros nietos.
Pero ¿cuál es el sentido de esta actividad común a las madres, especialmente las de los bebés? En general, las mamás arrastramos desde el embarazo un temor básico ¿será normal? Desde que nace tratamos de asegurarnos de esto. Les revisamos todo, hasta les contamos los dedos de los pies, necesitamos asegurarnos de que ven, oyen, que todo está bien; comprobar que es más "vivo" que otros nos tranquiliza.
Cada chico es diferente, trae al nacer un temperamento propio, que lo hace más tranquilo, más inquieto, más sensible. También hay cosas del ambiente que influyen: el que tiene hermanos los imita y parece más adelantado que otros en sus juegos y es probable que pueda dormir en medio de un escándalo; el que tiene un papá fanático de fútbol, jugará a la pelota apenas pueda mantenerse parado y reconocerá la camiseta de su equipo antes que los demás.
Pero más allá de lo que trae y de lo que recibe del ambiente, cada bebé se desarrolla con ritmos propios y logros dispares: unos caminan muy temprano, otros tardan en hablar, a algunos les salen los dientes antes de los seis meses.
Seguramente al llegar a los tres o cuatro años habrán alcanzado un nivel similar de habilidades, cada uno con sus gustos y preferencias, pero todos caminarán, hablarán, habrán dejado los pañales, etc.
Cuando nos asaltan las dudas y estamos preocupadas por algo que nuestro bebé hace o algo que creemos que debería hacer, lo más conveniente es consultar al pediatra. Podemos aprovechar para ello la visita de control, a la que es conveniente llevar anotadas todas las inquietudes, porque es muy común que cuando lo revisa y nos dice que está muy bien, que aumentó de peso lo que debía nos olvidemos y al volver a casa nos vuelva aquella preocupación.
Si no podemos esperar, podemos optar por una consulta telefónica, a la que los pediatras están muy acostumbrados, o bien anticipar la fecha de la visita al consultorio.
El especialista es la persona indicada para aclarar nuestras dudas, a veces las comparaciones y las opiniones de otras mamás pueden confundirnos más, ya que cada bebé es diferente y único.
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